El petróleo llegó a los 110 dólares por barril luego de que fracasaran negociaciones entre países del golfo Pérsico. A esto se sumaron el cierre de un oleoducto estratégico en Arabia Saudita y la toma de una isla de importancia estratégica y de una ciudad portuaria en el mar Rojo por parte de la milicia hutí. La combinación de estos factores complicó todavía más el transporte energético de la región.
Las consecuencias ya se trasladan a distintos países. Los precios elevados provocaron cortes de electricidad, restricciones en el suministro y protestas en diferentes partes de Asia y América Latina. En Filipinas, los pescadores dejaron de utilizar sus embarcaciones debido al costo del combustible. En Bangladés, las interrupciones eléctricas afectaron el funcionamiento de las fábricas, mientras que en Guatemala se produjeron manifestaciones con quema de neumáticos y vehículos.
Hasta el momento, distintas medidas permitieron contener parcialmente el impacto. China redujo sus importaciones de petróleo y comenzó a utilizar reservas propias en lugar de continuar acumulándolas. Al mismo tiempo, Estados Unidos, Japón y varios países europeos recurrieron a sus existencias estratégicas para moderar la suba de precios.
Estas acciones contribuyeron a que numerosos países asiáticos mantuvieran el acceso a los suministros provenientes de Medio Oriente, una región que concentra cerca del 80% de las exportaciones mundiales de crudo y gas natural licuado. Sin embargo, se trata de una respuesta limitada en el tiempo.
Los niveles de almacenamiento de los 38 países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos se encuentran en mínimos históricos, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos. Además, algunas de las principales rutas alternativas de transporte energético en el Golfo, entre ellas el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, no están actualmente operativas.
El escenario plantea una presión adicional sobre los precios de combustibles, alimentos y transporte. También se encarecen productos vinculados con la actividad agrícola, como los fertilizantes. La alteración de las rutas marítimas energéticas contribuye a mantener elevadas las presiones inflacionarias.
Las previsiones apuntan a que esta situación podría prolongarse. Una estimación ubica los precios del petróleo entre 80 y 100 dólares por barril al menos hasta 2027. A su vez, la inflación en Asia podría alcanzar el 5,2% durante este año, frente al 3% registrado el año anterior. Para Estados Unidos y el Reino Unido, las proyecciones contemplan tasas de entre 3,5% y 4% al menos hasta mediados del próximo año.
El aumento de los precios también genera presión sobre los bancos centrales, que podrían recurrir a tasas de interés más elevadas para contener la inflación. Esa respuesta encarece el crédito y puede afectar el crecimiento económico, en particular en países como Alemania, que ya enfrenta riesgos de recesión.
A la escasez de crudo se suma la menor disponibilidad de combustibles refinados. La Agencia Internacional de Energía advirtió que los márgenes de seguridad son cada vez más reducidos y que el sistema mundial de refinación opera cerca de su límite.
La situación se agravó por los ataques contra refinerías rusas en Ucrania, que reducirían alrededor de un 30% la capacidad de refinación durante los próximos 18 meses. Rusia, a su vez, extendió hasta fin de mes la prohibición de exportar diésel.
El conflicto también generó una disputa en torno al suministro de combustibles. Donald Trump responsabilizó a Ucrania por el incremento de los precios del diésel y pidió que cesaran los ataques contra instalaciones de refinación rusas. También se planteó la posibilidad de restringir las exportaciones estadounidenses de diésel antes de las elecciones legislativas de noviembre. Una medida de ese tipo podría reducir temporalmente los precios dentro de Estados Unidos, aunque tendría consecuencias sobre la disponibilidad internacional.
América Latina se encontraría entre las regiones más expuestas debido a su elevada dependencia del diésel importado desde Estados Unidos. Pero los efectos de la crisis tampoco se limitan a los países importadores de energía. En el golfo Pérsico, las economías ya comenzaron a sentir el impacto de la guerra. Las proyecciones contemplan una contracción del 8,6% para Catar durante este año, mientras que Arabia Saudita registró una caída interanual del 4,8% de su Producto Interno Bruto durante el segundo trimestre.
Los países con mayores dificultades económicas enfrentan además riesgos vinculados con la producción de alimentos. Varias naciones africanas dependen de las importaciones de energía y fertilizantes, por lo que un aumento sostenido de los costos puede reducir la productividad agrícola y trasladarse a los precios de los alimentos.
En Asia, algunos países consiguieron mantener relativamente estable el suministro energético y evitar interrupciones importantes en la producción, aunque a costa de pagar precios más elevados. Los aranceles también incrementaron los costos para consumidores y empresas.
A estas dificultades se suman los efectos climáticos. El Programa Mundial de Alimentos advirtió que las condiciones relacionadas con El Niño podrían llevar a unos 50 millones de personas a una situación de hambre aguda, mientras los déficits fiscales de los gobiernos alcanzan niveles récord.
Para contener el impacto sobre los hogares, Japón e Indonesia destinaron miles de millones de dólares a subsidios para los combustibles. Pero el aumento del gasto público comienza a generar tensiones en los mercados de deuda. En Japón, el rendimiento de los bonos soberanos a diez años llegó a su nivel más alto en tres décadas.
La presión también alcanza al mercado de deuda estadounidense. El bono del Tesoro de Estados Unidos a diez años, utilizado como referencia para numerosos activos financieros, registró niveles que reflejan la creciente preocupación por los riesgos económicos.
Aunque Estados Unidos logró mantenerse relativamente protegido de las consecuencias más severas de la crisis energética, el deterioro de las condiciones económicas de sus socios comerciales y el encarecimiento de los alimentos y el transporte podrían limitar esa protección a medida que el impacto se extienda por la economía mundial.
El petróleo llegó a los 110 dólares por barril luego de que fracasaran negociaciones entre países del golfo Pérsico. A esto se sumaron el cierre de un oleoducto estratégico en Arabia Saudita y la toma de una isla de importancia estratégica y de una ciudad portuaria en el mar Rojo por parte de la milicia hutí. La combinación de estos factores complicó todavía más el transporte energético de la región.
Las consecuencias ya se trasladan a distintos países. Los precios elevados provocaron cortes de electricidad, restricciones en el suministro y protestas en diferentes partes de Asia y América Latina. En Filipinas, los pescadores dejaron de utilizar sus embarcaciones debido al costo del combustible. En Bangladés, las interrupciones eléctricas afectaron el funcionamiento de las fábricas, mientras que en Guatemala se produjeron manifestaciones con quema de neumáticos y vehículos.
Hasta el momento, distintas medidas permitieron contener parcialmente el impacto. China redujo sus importaciones de petróleo y comenzó a utilizar reservas propias en lugar de continuar acumulándolas. Al mismo tiempo, Estados Unidos, Japón y varios países europeos recurrieron a sus existencias estratégicas para moderar la suba de precios.
Estas acciones contribuyeron a que numerosos países asiáticos mantuvieran el acceso a los suministros provenientes de Medio Oriente, una región que concentra cerca del 80% de las exportaciones mundiales de crudo y gas natural licuado. Sin embargo, se trata de una respuesta limitada en el tiempo.
Los niveles de almacenamiento de los 38 países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos se encuentran en mínimos históricos, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos. Además, algunas de las principales rutas alternativas de transporte energético en el Golfo, entre ellas el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, no están actualmente operativas.
El escenario plantea una presión adicional sobre los precios de combustibles, alimentos y transporte. También se encarecen productos vinculados con la actividad agrícola, como los fertilizantes. La alteración de las rutas marítimas energéticas contribuye a mantener elevadas las presiones inflacionarias.
Las previsiones apuntan a que esta situación podría prolongarse. Una estimación ubica los precios del petróleo entre 80 y 100 dólares por barril al menos hasta 2027. A su vez, la inflación en Asia podría alcanzar el 5,2% durante este año, frente al 3% registrado el año anterior. Para Estados Unidos y el Reino Unido, las proyecciones contemplan tasas de entre 3,5% y 4% al menos hasta mediados del próximo año.
El aumento de los precios también genera presión sobre los bancos centrales, que podrían recurrir a tasas de interés más elevadas para contener la inflación. Esa respuesta encarece el crédito y puede afectar el crecimiento económico, en particular en países como Alemania, que ya enfrenta riesgos de recesión.
A la escasez de crudo se suma la menor disponibilidad de combustibles refinados. La Agencia Internacional de Energía advirtió que los márgenes de seguridad son cada vez más reducidos y que el sistema mundial de refinación opera cerca de su límite.
La situación se agravó por los ataques contra refinerías rusas en Ucrania, que reducirían alrededor de un 30% la capacidad de refinación durante los próximos 18 meses. Rusia, a su vez, extendió hasta fin de mes la prohibición de exportar diésel.
El conflicto también generó una disputa en torno al suministro de combustibles. Donald Trump responsabilizó a Ucrania por el incremento de los precios del diésel y pidió que cesaran los ataques contra instalaciones de refinación rusas. También se planteó la posibilidad de restringir las exportaciones estadounidenses de diésel antes de las elecciones legislativas de noviembre. Una medida de ese tipo podría reducir temporalmente los precios dentro de Estados Unidos, aunque tendría consecuencias sobre la disponibilidad internacional.
América Latina se encontraría entre las regiones más expuestas debido a su elevada dependencia del diésel importado desde Estados Unidos. Pero los efectos de la crisis tampoco se limitan a los países importadores de energía. En el golfo Pérsico, las economías ya comenzaron a sentir el impacto de la guerra. Las proyecciones contemplan una contracción del 8,6% para Catar durante este año, mientras que Arabia Saudita registró una caída interanual del 4,8% de su Producto Interno Bruto durante el segundo trimestre.
Los países con mayores dificultades económicas enfrentan además riesgos vinculados con la producción de alimentos. Varias naciones africanas dependen de las importaciones de energía y fertilizantes, por lo que un aumento sostenido de los costos puede reducir la productividad agrícola y trasladarse a los precios de los alimentos.
En Asia, algunos países consiguieron mantener relativamente estable el suministro energético y evitar interrupciones importantes en la producción, aunque a costa de pagar precios más elevados. Los aranceles también incrementaron los costos para consumidores y empresas.
A estas dificultades se suman los efectos climáticos. El Programa Mundial de Alimentos advirtió que las condiciones relacionadas con El Niño podrían llevar a unos 50 millones de personas a una situación de hambre aguda, mientras los déficits fiscales de los gobiernos alcanzan niveles récord.
Para contener el impacto sobre los hogares, Japón e Indonesia destinaron miles de millones de dólares a subsidios para los combustibles. Pero el aumento del gasto público comienza a generar tensiones en los mercados de deuda. En Japón, el rendimiento de los bonos soberanos a diez años llegó a su nivel más alto en tres décadas.
La presión también alcanza al mercado de deuda estadounidense. El bono del Tesoro de Estados Unidos a diez años, utilizado como referencia para numerosos activos financieros, registró niveles que reflejan la creciente preocupación por los riesgos económicos.
Aunque Estados Unidos logró mantenerse relativamente protegido de las consecuencias más severas de la crisis energética, el deterioro de las condiciones económicas de sus socios comerciales y el encarecimiento de los alimentos y el transporte podrían limitar esa protección a medida que el impacto se extienda por la economía mundial.













